La Clave del Evangelio: Ser Misericordioso y No Juzgar

La Clave del Evangelio: Ser Misericordioso y No Juzgar

Mi referencia siempre es Jesús. Estamos en transitando este tiempo litúrgico de Cuaresma y, justo hoy, el texto evangélico que la Iglesia me propone para leer e interiorizar y vivir es el evangelio de san Lucas 6,36-38. Por eso, hoy me gustaría compartir algo en torno a la misericordia, el juicio y el perdón. Cómo vivir con una actitud de amor y paciencia.

Todos sabemos que no siempre es fácil vivir el Evangelio. Nos encontramos con personas que nos hieren, con situaciones injustas, con momentos en los que el corazón se nos encoge de rabia o desilusión. Y, sin darnos cuenta, muchas veces nos volvemos jueces de los demás. Nos cuesta soltar la piedra del juicio y el señalamiento. Pero, ¿te has detenido a pensar en lo que Jesús nos enseña sobre esto?

Este es el texto del Evangelio de Lucas 6,36-38:

Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados. Den, y se les dará. Les volcarán sobre el regazo una buena medida, apretada, sacudida y desbordante. Porque la medida con que ustedes midan también se usará para ustedes.

Hay algo en las palabras de Jesús que puede ayudarnos a cambiar nuestra forma de ver a los demás y a nosotros mismos. En estas palabras está el corazón del mensaje cristiano: la misericordia.

La tentación de juzgar es fuerte. A veces creemos que tenemos la razón absoluta, que nuestra opinión es la correcta y que los demás deben actuar según nuestro criterio. Pero el problema con esto es que nos volvemos más duros, más intolerantes, y al final, terminamos alejándonos del amor de Dios. Como bien nos recuerda el Papa Francisco, “Dios nunca se cansa de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón”.

Y es que Dios no es un juez implacable que está esperando a ver en qué nos equivocamos para castigarnos. No. Dios es un Padre amoroso que nos mira con compasión, que nos espera con los brazos abiertos, como en la parábola del hijo pródigo (Lucas 15,11-32). A veces nos cuesta aceptar esta imagen de Dios porque hemos crecido con la idea de que tenemos que ganarnos su amor, que tenemos que ser perfectos para que nos acepte. Pero la realidad es otra: Dios ya nos ama, con nuestras luces y sombras, con nuestras caídas y nuestros intentos de levantarnos.

Entonces, si Dios nos trata con misericordia, ¿quiénes somos nosotros para tratar con dureza a los demás? Si Dios no se cansa de perdonar, ¿por qué a nosotros nos cuesta tanto perdonar a los que nos han herido? San Agustín decía: “Si quieres conocer a Dios, aprende a amar.” Y amar implica comprender, tener paciencia, soltar el rencor y mirar al otro con los ojos con los que Dios nos mira a nosotros.

Jesús nos dice algo que nos deja pensando: “Con la medida que midan, serán medidos” (Lucas 6,38). Esto me lleva a preguntarme: ¿Cómo estoy midiendo a los demás? ¿Con dureza? ¿Con exigencia? ¿Con una balanza implacable? Si nosotros mismos somos frágiles, si también cometemos errores, ¿no sería más justo y más cristiano tratar a los demás con la misma misericordia que esperamos recibir de Dios?

El problema es que muchas veces confundimos justicia con venganza, corrección con condena. Pero la verdadera justicia de Dios está impregnada de amor. No es una justicia que destruye, sino que restaura. Como lo enseña Santo Tomás de Aquino, “La justicia sin misericordia es crueldad”. Y ¡cuántas veces hemos caído en esa crueldad sin darnos cuenta!

Ahora bien, todo esto no significa que debemos ser indiferentes al mal o a la injusticia. No se trata de justificar todo y mirar para otro lado. Pero hay una gran diferencia entre corregir con amor y juzgar con dureza. Corregir con amor es buscar el bien del otro, ayudarle a crecer, acompañarlo en su proceso de conversión. Juzgar con dureza, en cambio, es cerrarle las puertas, condenarlo sin darle oportunidad de cambiar.

Si en algún momento te encuentras con la duda de cómo actuar, recuerda este principio: si tienes que equivocarte, equivócate por la manga ancha, no por la estrecha. Es mejor pecar de demasiado compasivo que de demasiado severo. Porque al final del camino, cuando estemos delante de Dios, él no nos pedirá cuentas sobre cuántas veces castigamos a otros, sino sobre cuánto amor pusimos en nuestras acciones.

Piensa en tu comunidad cristiana. En tu parroquia, en tu grupo de oración, en tu familia. ¿Cómo te relacionas con los demás? ¿Eres alguien que acoge, que comprende, que anima? ¿O te has vuelto una persona que se fija demasiado en los errores ajenos y olvida que todos estamos en el mismo camino de conversión?

Ser cristiano no es fácil, pero es hermoso. Y una de las cosas que lo hace tan bello es que nos enseña a ser cada día más parecidos a nuestro Padre del cielo, un Dios que no se cansa de amarnos. Guardemos en el corazón las palabras de Jesús: no juzgar, no condenar, perdonar. En esto está la clave de una vida cristiana auténtica.

Hoy puedes decidir vivir con misericordia. No siempre será fácil, pero cada vez que elijas el perdón en lugar del rencor, estarás dando un paso más hacia el corazón de Dios.

Hoy, puedes pensar en estas preguntas: ¿Cómo está siendo tu medida con los demás? ¿Es la misma que te gustaría que Dios usara contigo? Deja tu comentario y compartamos juntos este camino de fe.


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